No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Construcción de un relato: Diálogo

Queridos lectores, hoy toca el predominio del diálogo. Hay muchas formas de enfocar un diálogo, según lo que quieras lograr con él.

- Por un lado, puede dar dinamismo al relato si lo haces rápido y se intercambian las frases rápido. 
- Puedes dar información.

Básicamente, mi mayor fallo con los diálogos suele ser que no queda claro quien habla y he intentado que eso no pase. Es más fácil cuando son solo dos personajes, como ahora, pero sí que es verdad que cuando son varios personajes es bastante difícil, al menos para mí, que quede claro quién habla cada vez sin resultar demasiado reiterativa con el "dijo tal" o "dijo cual". 
No me enrollo que estoy en clase, espero que os guste. 


5. DIÁLOGO. Cita forzada

Así fue como logré robar a la codiciada reina y tenerla para mí una tarde entera. Los recuerdos de nuestro primer encuentro todavía merodean por mi mente encendiendo mi cuerpo al mínimo descuido.

Aferré su mano con fuerza sin esperar un permiso que, de pedirlo, no llegaría y la arrastré conmigo a mi lugar favorito del parque: un pequeño rincón de tranquilidad al que los turistas nunca llegaban. Tan solo me detuve para comprar por el camino un par de cafés y una bolsa de palomitas dulces bajo su cínica y atenta mirada.

Sentadas en un banco alejado del mundo, con el leve ruido del viento meciendo los árboles de fondo y el sabor del café inundando el ambiente que nos rodeaba, me dediqué a observarla mejor.

-          Bueno, ya te he acompañado en tu pequeña excursión de un banco a otro, ¿me devuelves mi pendiente?- Dijo ella.
-          No.- Me hizo gracia que bufara. No era propio de una dama.
-          ¿Por qué?
-          Me apetece la compañía. Las ardillas no tienen mucha conversación.
-          Genial, atrapada con una loca.
-          No estás atrapada. Puedes irte si lo deseas.
-          Sí, lo deseo. – Me miró expectante.
-          Pero sin el pendiente. – Volvió a bufar. - ¿Puedo preguntarte por qué te importa tanto? No parece de gran valor.
-          Me lo regaló una persona importante.
-          Ah. – Supe que no estaba dispuesta a decir más. – Te entiendo. Este reloj es lo único que conservo de mi abuelo. – Dije mostrándole el pequeño artefacto que cubría mi muñeca. – Es demasiado grande para mí, muy masculino y, probablemente, más propio de un anciano que de una mujer de mi edad, pero no podría separarme de él.
-          Vaya y yo que pensaba que lo llevabas solo porque tenías un pésimo gusto.
-          Muy graciosa.
-          Sí que lo soy.
-          Mi abuelo fue una persona importante en mi vida. – No me rendía con ella, sabía que tras aquella fachada de persona fría y calculadora se escondía una mujer con sentimientos. – Fue el que me enseñó las cosas importantes de la vida.
-          ¿Cómo qué?
-          Como sentarte en un parque a escuchar el agua correr, a disfrutar de las tardes de lluvia…
-          ¿Eso es lo que consideras importante? – Preguntó ella asombrada.
-          Es lo importante. Mis padres no estaban mucho en casa, se pasaban la mayor parte del día trabajando, corriendo de un lado para otro. Fue agradable que alguien se tomara la molestia de sentarse conmigo y enseñarme que a ver el mundo que los demás tan solo miraban.
-          Parece un personaje entrañable. – Y no sabría decir si era sincera o sarcástica. Preferí optar por la primera opción.
-          Sí lo era. ¿Y tú?
-          ¿Yo qué?
-          La persona que te regaló esos pendientes, ¿cómo era?
-          Era… No lo sé. Murió cuando yo era muy joven. – Creí ver un brillo húmedo en su mirada, pero desapareció de manera tan repentina que podría haberlo soñado.
-          Lo siento.
-          No tienes por qué. Fue hace mucho tiempo. Está más que superado.
-          No lo creo. No soportarías a una desconocida potencialmente demente por algo que está más que superado.
-          No… supongo que no.- Noté cómo su mirada se perdía en algún punto del infinito.
-          Pero no es tan horrible, ¿verdad?
-          ¿El qué?- Contestó volviendo a la realidad.
-          Soportar a esta desconocida potencialmente demente. – Sonrió.
-          No, no es tan malo… Al menos el café es bueno.
-          Oh, me rompes el corazón. – Dije irónica.- Justo cuando pensaba que comenzaba gustarte.
-          Se necesita más que algo de café y palomitas para eso, querida.
-          ¿Por ejemplo?
-          Devolverme mi pendiente.
-          Buen intento, pero no.
-          Tenía que probar. – Casi parecía divertirse. Aunque con aquella enigmática sonrisa era difícil estar segura.
-          Cuéntame algo de ti. – Dije de pronto. - ¿A qué te dedicas? – Me dio la sensación de que la pregunta la incomodaba, pero si fue precepción mía o realidad, no lo podría asegurar.
-          Tú primero.
-          Soy periodista. Escribo artículos, sobre todo, columnas de opinión en distintos artículos.
-          Parece interesante.
-          Lo es, aunque mis padres no comparten esa opinión. Tiene un negocio y esperaban que yo siguiera su camino, pero no era lo mío, ¿sabes? Así que ahora soy la oveja negra de la familia.
-          Sé lo que se siente. – Fue todo lo que recibí como contestación.

Permanecimos en silencio. Yo, observándola; ella, con la mirada perdida, sin dejar de preguntarme qué tendría aquella hermosa desconocida para atraerme de aquel modo inexplicable, para hacer que todo mi cuerpo ardiera con una sola mirada. Comenzaba a pensar que no podría controlarme, había un calor primigenio, que hasta entonces no había conocido, al menos, nunca con aquella intensidad, que despertaba cada fibra sensitiva de mi ser. Y cada milímetro de mi piel clamaba por su roce, por su cercanía.

Por fortuna para mía, la lluvia se convirtió una vez más en mi aliada, desperdigando su gélido toque sobre mí como una ligera neblina.

-          Genial, está lloviendo. Se me arruinará el vestido. – Dijo ella visiblemente molesta.
-          ¿Qué más da un vestido? Disfruta de la sensación.
-          ¿De la sensación de congelarme?
-          Exagerada. Ven conmigo.
-          ¿Dónde?
-          Confía en mí. – Y no sé quién se sorprendió más cuando me dio la mano sin más, si ella o yo.

Corrí con ella cogida, cuidando de que no tropezara a causa de los tacones. La lluvia nos empapó por completo, pero no importaba. Cada gota era una nueva caricia que se deslizaba por nuestras pieles. Cuando decidí que estábamos lo suficientemente empapadas y solas, me detuve haciendo que chocara contra mi cuerpo y cayera entre mis brazos desequilibrada por los tacones.

-          Estás loca. – Me dijo con una pequeña sonrisa.


No escuché sus palabras. Ya no sentía la lluvia. Mis ojos se habían detenido sobre las suaves formas dibujadas por sus labios. Y solo existían ellos. 

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