No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Construcción de un relato: QUÉ

Queridos lectores, 

En el qué se empieza a contar la historia y es cuando hay que sorprender y atraer. No sé si os pasa a vosotros, a mí desde luego sí, y es que cuando empiezo a leer un libro o una historia, al principio, yo tengo el poder sobre ella, yo controlo el libro y decido cuando leer y cuando no, pero llega un momento, un punto de inflexión, en el que es la novela la que tiene el control sobre mí y no puedo dejar de leer. Espero que algún día eso le pase a alguien con mis historias. 

4. QUÉ

Mi rutina no se vio afectada. No lo permití a pesar del persistente recuerdo de unos profundos ojos marrones que se aparecían en los momentos más inoportunos. Aunque, es cierto, que no comprendía qué extraño ser me habría poseído. Mi atención se había visto atraída con anterioridad por otras mujeres hermosas, pero ninguna había permanecido como un fantasma que rondara mi mente por más de algunos minutos, ni siquiera las pocas excepciones a las que había permitido llenar mi cama además de mis pensamientos.

Sin embargo, ella, cuyo nombre no conocía, cuya piel no había tocado. Ella había logrado hacerse con el control de mis sentidos y yo me había abandonado a la placentera tentación de fantasear con ella, soñar que volvía a encontrarla y mis labios recorrían el camino que marcaban sus ceñidos ropajes.

Como deseo era bonito, como pasatiempo resultaba entretenido, pero nada más. No esperaba realmente que ninguna de mis ensoñaciones se hiciera realidad. Aunque eso no había impedido que su pendiente perdido ocupara un lugar especial en el bolsillo derecho de mi chaqueta, donde gustaba de introducir mi mano tan solo para sentirlo y recordarme que aquella aparición había sido real.

Eso no evitó que aquella tarde, en mi estancia en el banco habitual del parque mientras repasaba las noticias del periódico (con especial atención a la viñeta), la buscara de manera inconsciente.

Quince minutos, diez turistas, cuatro palomas y dos ardillas después, la vi. Frente a mí, justo donde había estado el día anterior.

Me recreé en la observación de su figura mientras se agachaba para acercar más su visión a la hierba ligeramente humedecida. Me preguntaba que podría hacer una mujer como ella de nuevo en un lugar en el que, claramente no encajaba, otra vez ataviada con sus elegantes trajes demasiado provocativos. Mis dudas se disolvieron cuando mi mano recorrió por voluntad propia el camino que la separaba del pequeño trofeo que guardaba en mi bolsillo.

¿Podría ser que aquella elegante mujer hubiera vuelto a un simple parque en busca de un pendiente de imitación? Me sorprendió lo obvio y, al mismo tiempo, lo imposible de mi asunción. Aún así, pensé que no perdía nada por acercarme a comprobarlo.

Lo primero que percibí al estar frente a ella fue el aroma ligeramente afrutado y dulce que me envolvió de pronto. Tan intenso que perdí toda noción de realidad, ausente entre los matices de su perfume.

-          ¿Quiere algo?

Me sorprendió mirando a algún punto indefinido del parque. Aquella ceja, a la que ya me había enfrentado el día anterior, volvió a elevarse reforzando la impaciencia de su voz.

-          Me preguntaba si necesitaba ayuda, nada más.
-          No gracias.
-          ¿Busca algo en especial? Quizás lo haya visto. – Ella había decidido volver a su búsqueda e ignorarme, pero seguí insistiendo.
-          Claro, porque usted se dedica a observar todo lo que pasa en este parque. ¿Acaso no tiene vida?- Preferí no atender al deje áspero de sus maneras.
-          Digamos que me gusta el aire libre.
-          Digamos que a mí también y usted está invadiendo mi espacio de aire libre.
-          Bien, tranquila. No quería molestarla. Tan solo me preguntaba si había perdido un pendiente de diamantes, de imitación pero con buen acabado.

Di media vuelta mientras ella fijaba su total atención en mí. No pasaron ni dos segundos antes de sentir la presión de su tacto en mi brazo.

-          Espere, eso es lo que busco. – Dijo.
-          Lástima que no necesite mi ayuda.
-          ¿Me lo devuelve, por favor?- Me dirigió una sonrisa encantadoramente falsa.
-          No he dicho que lo tenga. – Suspiró visiblemente frustrada.
-          Acaba de describirlo.
-          Eso no quiere decir nada.
-          ¿Entonces no lo tiene?
-          Tampoco he dicho eso. – Disfrutaba de sus ademanes nerviosos, lo confieso.
-          ¿Lo tiene o no?- Su voz se elevó ligeramente y pude percibir una vena que se marcaba de manera pronunciada en su frente.
-          Puede ser.
-          ¿Me lo devuelve?- Era evidente que estaba haciendo grandes esfuerzos para no matarme.
-          Con un condición.
-          ¿Pero cómo se atreve? Es mío.
-          Pero está en mi posesión.
-          ¿Qué diablos quiere?

Miré el reloj cuestionándome qué era lo que pretendía lograr con aquello.

-          Unas horas de su tiempo. – Respondí. Ella no pareció sorprendida, cosa que me sorprendió a mí. Más bien hizo un gesto de acostumbrada resignación que no supe cómo tomar.
-          De acuerdo. – Sonreí a pesar del enfado que se percibía en su postura.
-          Me llamo Emily, por cierto.

-          Encantada. – Aunque por el tono de su voz, no lo parecía.

Nota de la Autora: ¡Sorpresa! Son dos mujeres, espero no despertar sensibilidades, pero hay que darle giros a las historias y estamos en el siglo XXI. Aprovecho para comentar el cuidado que tuve en los capítulos anteriores para no usar en la narración cosas en masculino o en femenino. En fin, espero que os haya gustado.  

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