No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Construcción de un relato: Quién

3. QUIÉN

Ella era todo lo que yo me había atrevido a soñar. Era una quimera sacada de las ancestrales leyendas griegas en las que los héroes se atrevían incluso a ofender a los dioses por el amor de una hermosa dama.

Supe, en el mismo instante en el que mis ojos se posaron sobre ella, que había perdido. Sin siquiera conocerla, ya había sucumbido a la tentación de desearla. Quizás porque era prohibida, porque jamás podría atraer su atención. Tal vez fue por aquellos profundos ojos marrones en los que era capaz de perderme como una criatura abandonada a la oscuridad de la noche; tal vez fue por sus cabellos negros que caían sobre sus hombros magnificando aquella aura de misterio en la que cada gesto la envolvía.

Una diosa entre mortales, una reina entre campesinos. ¿Cómo se describe algo así? ¿Cómo definir la perfección hecha persona?

Ella…ella…ella no encajaba en aquel lugar. Supongo que aquel tendría que haber sido mi primer pensamiento, pero confieso que mi capacidad de raciocinio se vio desbordada por su presencia. Pasados los primeros impactantes, creo que fueron, minutos, pude volver a utilizar la lógica lo suficiente como para comprender que ella no pertenecía a aquel lugar.

Si de algo podía presumir tras haber pasado años con la arraigada rutina de sentarme en un banco del parque para observar a las personas pasar, era que podía leer en ellas como en un libro abierto. Cada persona tenía una historia que era narrada, en buena parte, simplemente por sus gestos, por su vestimenta, por su forma de andar. Ancianos jubilados que encuentran en caminar una manera de alejar el tedio de las horas muertas, madres con niños demasiado energéticos, turistas que encuentran en los parques gratis una maravillosa atracción… sí, de esos había visto cientos, pero nadie como ella.

Sus tacones ya indicaban que, al vestirse por la mañana, no había previsto encontrarse en ningún lugar cercano a tierra, barro o similares. Me permití una velada risa que, tras el refugio de mi periódico, esperaba, pasaría desapercibida.

Pasó un tiempo y allí estábamos, mi hermosa ensoñación y yo. Decenas de turistas a los que había dejado de prestar atención pasaban frente a mí, ocultándome su imagen por apenas unos segundos que llegaban a resultar eternos.

Quién sería, a qué se dedicaría. Por alguna razón que lo lograba precisar, mi pequeño súper poder que me permitía leer las historias de las personas sencillas que veía pasar frente a mí cada día, no me funcionaba con ella. Me hallaba sin pista alguna de su procedencia. Vestía un traje de chaqueta, con una falda ceñida que difícilmente llegaba a taparle las rodillas. Aunque, a pesar de lo anodino de la prenda negra, lograba centrar toda mi atención en las curvas imposibles que se matizaban bajo la tela. La chaqueta, del mismo color, subida hasta el cuello impedían la correcta observación de lo que, podría haberme apostado cualquier cosa, sería un escote vertiginoso.

Una abogada, quizás, o una mujer de negocios. Pero, en ambos casos, le faltaba el maletín. ¿Una profesora? La imagen de miles de estudiantes babeando cruzó rápidamente mi mente. Esperaba, por el bien de las futuras generaciones, que no fuera aquella su profesión. Comenzaba a quedarme sin ideas cuando mi desacertado escrutinio se encontró de lleno con la inquisitiva mirada de unos ojos marrones. Alzó una ceja al tiempo que sonreía casi de manera cínica, como si no le hubiera sorprendido mi insistente observación, incluso, como si lo hubiera estando esperando.

No tuve tiempo de sonrojarme, ni siquiera de formular algún torpe gesto de disculpa. En cuestión de segundos, un hombre, tan bien vestido como ella, llegó, le dijo algo al oído, la vi sonreír forzadamente y se marcharon.

Ni un adiós ni una última mirada. Qué decepción. Aunque, por otra parte, me reprendí, qué esperaba.

La tarde se me había echado encima sin que me diera cuenta. El tiempo se había escapado por algún resquicio desconocido del espacio mientras la contemplaba, pues no era posible que mi reloj hubiera avanzado tanto en lo que a mí me había parecido apenas un suspiro.

Sin embargo, la puntualidad londinense apremia y no miente, mi reloj, una de las pocas cosas de valor que me permitía conservar, resultaba mucho más fiable que yo en cualquier medición de tiempo posible, por lo que debía admitir, a mi pesar, que había pasado una tarde entera inmersa en unos profundos ojos oscuros que no volvería a contemplar.

Sin más, me levanté de mi habitual asiento, avanzando hacia el lugar en el que ella había estado cuando un brillo peculiar me llamó la atención. Inconscientemente, me agaché diciéndome de antemano que no sería más que algún envoltorio reflectante. Mi sorpresa fue, por tanto, mayúscula cuando me encontré con un delicado pendiente de lo que me parecían diamantes, probablemente falsos. ¿Sería suyo? Tenía la certeza de que así era, no son demasiadas las personas que salgan a pasear por un parque con joyas tan vistosas.

No es demasiado lo que se puede hacer con un pendiente. Venderlo no merecería la pena, yo no me lo pondría y las posibilidades de devolverlo eran escasas. Así que decidí guardármelo como un pequeño trofeo a modo de recordatorio de aquella intrigante belleza que había pasado fugazmente por mi vida.


Comencé a sentir la ligera llovizna que retomaba su función diaria y emprendí mi camino bajo la lluvia. 

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