No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Construcción de un Relato I

Vale, no me apetece estudiar... He cambiado la apariencia del blog, es mejor que cambiar de modelito a las muñecas. 
En fin, todo esto porque estaba pensando que, si ser feliz es tan fácil y se necesitan en realidad pocas cosas, ¿por qué no intentarlo? ¿Y sabéis qué es lo más básico que necesito en este momento? Escribir, está claro. Así que me he puesto sobre el teclado y ha salido esto. Ni lo he releído ni me atrevo porque entonces a lo mejor me hecho atrás y colgándolo ya es de la única manera en la que iré siguiendo la historia. Aún no tiene nombre, ni siquiera sé lo que va a pasar, la iremos creando juntos. 

Prólogo

La lluvia cubría mi cuerpo y amortiguaba mis pasos mientras me apresuraba por la calle. Jadeaba permitiendo que un leve halo blanquecino se escapara de entre mis labios y gruñía como si aquella brisa nacarada se llevara consigo el poco calor que quedaba en mi cuerpo. Pero no podía evitarlo, porque necesitaba respirar como la necesitaba a ella. Quizás un poco menos.

La fuerza de la memoria marcaba mis pasos mientras el agua borraba mis huellas, al menos, eso me gustaba pensar a mí, que no quedaría ningún rastro de mi paso por aquella inundada acera, ni de mis carreras entre los coches enfurecidos por el tráfico, sorteando las húmedas y gélidas superficies de los vehículos y ganándome algún que otro rugido de los cláxones.

No importaba, ¿qué podía importar? Cuando la seguía a ella, solo la veía a ella. Mi mundo se reducía a aquella figura, borrosa por la lluvia, que caminaba sin rumbo conocido, al menos para mí, con un paraguas tan oscuro como los demás. Una figura que podría perfectamente perderse bajo el escrutinio de un observador inexperto, pero no para mí que había memorizado cada milímetro de aquel cuerpo que se había encargado de conducirme a la locura.

La lluvia pareció amainar, pero no así la confusión que prosigue a una tarde de agua, cuando el cielo amenaza con ocultar todo rayo de sol, el tráfico se vuelve impenetrable y la humedad ha encontrado el camino hacia tu interior. Y ya no hay nada que puedas hacer. Por mucho que corras, no dejarás de sentir el frío.

A menos que tus ojos sigan una mancha difusa entre la multitud, vestida de negro, con la tela que recubre su cuerpo como una segunda piel haciéndote recordar cada una de esas prohibidas curvas con las que no deberías soñar, pero que eres incapaz de olvidar. Entonces, si eres esa pobre figura, no existe el frío, ni la humedad, ni el tiempo.

Cerré los ojos, en un intento por aferrarme a la escasa cordura que permanecía en mi mente. Aprisionaba mis puños tratando de calmar mis nervios. Todo era en vano, claro, lo supe cuando sentí dos cálidas lágrimas recorriendo mis mejillas.

Aquel podía ser el final de nuestra historia, el final de nuestro amor, el final de mi vida si aquello sucedía. Porque yo la amaba. La había amado con toda mi alma, con cada ráfaga de voluntad que pueda existir en un cuerpo mortal. ¿No había sido suficiente? ¿No le había bastado con tenerme a mí? ¿Había corrido a refugiarse en otros brazos, en otros labios? No lo sabía y la certidumbre me enloquecía lentamente, aunque no tanto como las imágenes que mi retorcida mente deslizaba entre mis pensamientos obligándome a contemplarla yaciendo desnuda, cubierta de sudor, gimiendo… entrelazándose con una piel que me era ajena.

Podría haber sido eso. Podría limitarse a un engaño, a un desliz sin importancia o pasajero. Podría ser algo vano que no significara nada. Que entrara en aquel lugar, que se perdiera tras aquella puerta, resguardándose de la lluvia que había decidido volver a mi encuentro, no significaba nada… ¿o sí?

Si nuestra historia se limitara tan solo a este momento…

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