No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

sábado, 21 de febrero de 2015

Mi preciosa chica

Queridos lectores, 

¿Os acordáis de lo que dije ayer? El síndrome del Escritor, sentir demasiado intensamente, vivir en dos mundos a la vez, el que ves y el que imaginas. No creáis que es fácil. A veces, se me hace un mundo. No sabéis las lágrimas que he derramado abrazada a una almohada que ahogar mis sollozos deseando ser normal. No sentir tanto, que el dolor se apague, que pueda gustarme más la medicina. Eso sería más fácil, ser como todos, ser normal. Pero alguien me dijo que ser normal era perder la capacidad de decidir. No creo que esto se aplique a mí. Sin embargo, sí, ser normal está muy sobrevalorado ¿quién es normal? o mejor, ¿quién querría ser normal cuando puedes ser tú mismo?

Hablaremos más de eso, tenemos muchas cosas de las que hablar, pero dejadme hoy que os ponga una cosita que he escrito. No sé de dónde ha salido. Estaba escribiendo en una libreta y he empezado a contar una historia en una carta y, no es porque lo haya escrito yo, pero me parece que ha quedado muy bonito. Incluso puedo decir que he llorado mientras lo escribía y es difícil llorar con el relato que uno mismo escribe porque ya sabes lo que va a pasar desde que empiezas. 

Los personajes no tienen nombres, así cada uno puede imaginarse a quien quiera. Libertad absoluta, son tan vuestros como míos. Ponerles rostros. Ponerles nombre. Es una pincelada de una vida. Espero que os guste :)

Mi preciosa chica

Mi tiempo en este mundo se acaba. Pero ¿qué pasará cuando desaparezca? Mi preciosa y fuerte chica, perfecta en más sentidos de los que quiere ver… cuando yo me haya ido, ¿seguirá ella siendo igual de preciosa, fuerte y valiente?...

Querida mía, sé que nuestro tiempo en este mundo se ha visto cortado por los designios de un Destino que siempre ha estado en nuestra contra, que ha estado marcado por la pérdida, el dolor, la penuria… Sé que hemos pasado frío, hambre, un miedo terrible y amenazante. Pero, incluso ahora que mi vida se acerca a su final, no me arrepiento de nada.

Supe, desde el instante en el que te vi por primera vez, corriendo entre la hierba con tu traje del color del cielo en primavera y aquella sonrisa hecha de luz que me cegó como los rayos de Helios nunca habían logrado, que pasaría el resto de mi vida condenada a amarte.

Y, sí, entonces lo creí una condena pues no me atrevía a soñar con que un ser tan perfecto e inalcanzable como tú bajaría la vista para verme. No me atreví a ilusionarme con la lejana idea de ser correspondida ni me atreví a desear más de lo que mi razón me decía que podría tener. Me contentaba con admirarte en silencio, aun cuando mi sangre ardiera al ver cómo otros tenían los derechos que a mi ardiente corazón se le negaban con tanta inquina, el derecho a cortejarte, el derecho a tocarte, a recibir tus sonrisas. Me contentaba con ayudar en la medida de mis posibilidades a tu felicidad.

Hasta que un día te acercaste a mí en una fiesta, ¿lo recuerdas? El resto del mundo se hallaba ya más en brazos de Morfeo que a nuestro alrededor, te acercaste a mi oído y susurraste que habías notado cómo te miraba. Yo me sonrojé y traté de disculparme, prometiendo que no volvería a suceder. Pero tú sonreíste y me dijiste: “Espero que no sea así, me gusta la manera en la que tus ojos se posan en mí”.

A partir de aquel día, mi corazón errante se atrevió a sentir algo más que el doloroso amor imposible, albergué esperanzas. Mis miradas dejaron de ser tan furtivas, buscaba no solo tu rostro, sino también tus ojos para asegurarme de que me seguían sonriendo y de que no dejaban de brillar.

No sé bien cómo mis inocentes miradas furtivas dieron paso a besos robados en las sombras y caricias despistadas. ¿Quién fue la primera? ¿Tú o yo? Tengo a buen seguro que fuiste tú, siempre fuiste la más valiente.

Recuerdo nuestro primer beso con tanta viveza que todavía puedo sentir el ácido sabor a fresa del pastel, que habías sustraído a escondidas de las cocinas antes de reunirnos en nuestro lugar secreto, bajo nuestro escondido árbol, impregnando mis labios. Era un día caluroso, de esos que vaticinan un verano bochornoso, pero el sol había sido benevolente con nosotras dejándonos disfrutar de nuestros escasos momentos de soledad sin preocuparnos por sus ardientes rayos marcando nuestra piel o, quizás, simplemente estábamos tan perdidas la una en la otra que no podíamos sentir el calor.

Nunca antes me había dado cuenta de lo sedienta que estaba hasta que bebí de ti. No fui consciente del frío que atenazaba mi cuerpo hasta que sentí tu calidez. No supe lo perdida que estaba hasta que te encontré.

Pero, pronto, la ternura del amor durmiente no fue suficiente para nuestras amantes almas. Mi cuerpo anhelaba el tuyo y lo buscaba, y lo seguía, como un insecto que se deja guiar ciegamente por la luz. Esa era yo, apenas una polilla perdida en tu inmensa y desbordante luz, cuestionándome cada día cómo había sido tan afortunada de haberte encontrado. Porque mi corazón sabe, de alguna manera en la que mi razón no puede explicar, que te estaba buscando antes incluso de conocerte.

Y cedimos al deseo que nos consumía, de nuevo, al resguardo del árbol que vio crecer nuestro amor. Sabes, ¿a menudo me pregunto, si ese árbol pudiera hablar, qué contaría? ¿Pudo ver lo especial y único que era nuestro amor? ¿O para él no fuimos más que dos efímeros humanos más de los que vio pasar en su milenaria vida?

El recuerdo del tacto de tu piel ardía en mis manos, tu aroma me obnubilaba incluso sin estar en tu presencia y el mundo parecía un buen lugar, uno en el que se podía respirar y vivir y ser feliz. Hasta que nos dieron la noticia. Bueno, tú me la diste a mí, me dijiste que tu padre quería casarte, que todo estaba decidido y que apenas faltaban semanas para el enlace.

Las lágrimas no bastaron para apagar el fuego de mi devastación. Creo que te supliqué, ¿llegué a rogarte de rodillas? Te pedí que no te desposaras, mas tú insistías en que debías hacerlo por tu padre y me resigné a que mi suerte había tocado a su fin. No podía quejarme, ¿verdad? En apenas unos años de encuentros furtivos había tenido más felicidad de la que la mayoría de los mortales se hubieran atrevido a soñar.

Se sucedieron los días de separación como ardientes agujas que se clavaban en mi corazón y cada minuto era una agonía. Nos queríamos con una intensidad que nadie podría comprender, nos necesitábamos con una fuerza que nadie aceptaría.

El día, aquel día, el que amaneció siendo el más aciago de mi existencia, no pude hacer más que acudir a nuestro árbol y sentarme bajo su sombra evocando el fantasma de tu presencia junto a mí.

Cuando te vi aparecer vestida de blanco, los ojos anegados en lágrimas y el pelo alborotado, no creí en lo que veía. Habías escapado, habías vuelto a mí.

Y huimos. Tuvimos que hacerlo para seguir juntas, para seguir vivas.

Y fuimos felices, sé que lo fuimos. A pesar de las penurias, los prejuicios, los odios… fuimos felices. Lo único que lamento es tener que dejarte tan pronto.

Me gustaría volver a nuestro árbol, una última vez, antes de irme de este mundo, pero mi salud está demasiado débil y no quiero perder ni un segundo a tu lado.

No cambies cuando me haya ido. Hazlo por mí. No dejes nunca de ser mi preciosa, fuerte y valiente chica porque así, aunque ya no esté, seguiré contigo.

Por si esto acaba y no vuelvo a verte, ten la certeza de que te quise como no he querido a ningún otro ser sobre la Tierra.

Tuya. Siempre. 


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