No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

sábado, 11 de abril de 2015

De odios y amores

Queridos lectores, 

¿Sabéis que es lo que más odio del mundo mundial? No son las espinacas ni los días nublados y tristes, ni estudiar, ni siquiera la nefrología. Lo que más odio es que la gente me juzgue. Y, además, que juzguen sin saber, que juzguen sin darme una oportunidad. 

Puede que me ponga un poco dramática en esta entrada, aún no lo sé, y no es que esté recayendo en malos hábitos, es que las vacaciones de Pascua me han hecho pasar dos semanas con mis padres y se nota, como si me chuparan la vida lentamente. 

En fin, odio que la gente me juzgue precipitadamente y no es difícil que eso pase. Como cuando estoy cansada de estudiar (que es mi estado basal actualmente) y me quejo de la medicina, porque es verdad y lo tengo asumido que, me puede gustar la profesión de médico porque hace que me sienta útil y ayudo a la gente, pero no me gusta la medicina. Todos estos conocimientos que me meten entre pecho y espalda (o que debería meterme) me parecen aburridos, insustanciales y no sé por qué me los tengo que aprender, yo solo quiero cogerle de la mano a alguien y decirle que está bien. Me importan las personas, pero los microbios, huesos y órganos me matan. El caso es que, sí, si bajo las defensas y se me olvida que a la gente no le gusta tratar con personas infelices o imperfectas y que en el mundo hay que fingir para ser uno más, y dejo caer algo sobre que no me encanta la medicina, me preguntarán por qué la estudio. 

Y en mi cabeza comenzará a formarse la historia de mi vida con demasiados detalles como para contar a una persona y esperar que no corra despavorida, así que me lanzo a la solución rápida: "me gusta ayudar a la gente y mis padres..." Y ya está, lo tienes hecho. Cualquiera al que le des la explicación va a pensar que eres una persona sin carácter, débil, que se dejó manejar por sus padres, lo sigue haciendo y no hace nada por remediarlo. 

Pero no saben nada de los años que mi madre dedicó a anularme como persona, no saben nada de lo importante que llegó a ser para mí que mi padre estuviera orgulloso de mí ni por qué, ni de lo mucho que sufrí cuando ser lo que el quería era imposible y solo me sentía defectuosa. 

O cuando me invitan a salir y yo, normalmente, o doy una excusa o voy, pero no hablo de mis nervios y del miedo condicionado por mi madre. Pero si creo que puedo confiar en alguien o simplemente he decidido que, quizás, si lo cuento me sentiré mejor o me entenderán, entonces, grave error, yo lo digo y vuelven a juzgarme como una miedosa, floja, dependiente de sus padres... Y vuelven a hacerlo sin saber todas las veces en las que salí a la calle y pasó algo, tantas veces que acabé asociando salir a la calle con algo malo y peligroso, ni de la manera que tiene mi madre de lograr que me sienta culpable por todo y manipularme. 

Es muy fácil juzgar a alguien y tacharlo de cobarde cuando no conoces todos los miedos a los que tiene que enfrentarse día a día, todos los fantasmas. 

Bueno, y es solo un pensamiento mío, pero ¿cómo vamos a ayudar a alguien a que sea más valiente si lo hacemos sentir como un cobarde? ¿cómo creemos que podemos contribuir a que alguien se haga más fuerte si lo tachamos de débil?

Realmente odio cuando eso pasa y es relevante porque yo odio, como odiar realmente, muy pocas cosas, soy demasiado blanda. Porque todos tenemos nuestros fantasmas, nuestros malos momentos, nuestras propias cargas. Cargas que tenemos que esforzarnos por ver como algo que nos ayude a mejorar y aprender, ¿pero cómo vamos a hacerlo si el resto del mundo de alrededor se empeña en colgárnosla del cuello para ver si nos ahoga? Y, además, cada persona es diferente y las cosas nos afectan de manera diferente. Ni siquiera conociendo todos los detalles de una historia podemos conocer cómo se sentía realmente el personaje, a menos que sea él quien lo cuente. 

Espero que vosotros no seáis así, no juzguéis a los demás. Yo, por mi parte, intento no hacerlo porque sé cuánto fastidia. Ya sé que juzgar es lo fácil. Es demasiado fácil. Quizás por eso la gente lo hace tanto, es más fácil que afrontar sus propios fantasmas. Y luego me dicen a mí cobarde...

Si os digo la verdad, esto me ha venido un poco a la mente por acontecimientos inconexos, pero en realidad, antes de ponerme a escribir y que me asaltaran estos pensamientos, estaba pensando una entrada enfocada hacía la Operación Calimero. Segunda parte. Pero no creo que ahora combine demasiado bien. Aunque, en cierta manera sí, porque siempre dicen que del amor al odio hay un paso, bien podría ser también un párrafo. 

Hablando de algo que odiaba, sé que es odio porque siento como una sensación ardiente en mi pecho. Siempre me he preguntado si los sentimientos realmente se sienten o solo se piensan. ¿Los siente todo el mundo? ¿Y los sienten igual? Porque yo siempre he sido muy emocional y quería pensar que los sentimientos eran algo visceral. Cuando siento miedo no solo sé que lo tengo, lo noto en el latido acelerado de mi corazón, en la manera en la que me hormiguean las extremidades y se me quedan frías, en el nudo que se me pone en el estómago. Cuando siento odio, ira, rabia... también lo siento como esa sensación ardiente en mi pecho, quemazón en los ojos por las lágrimas que no me permito derramar y una sensación de ahogado la garganta por el llanto ahogado. 

Y, entonces, me decía que si sentía estas cosas de manera visceral, tendría que sentir también igual el amor, ¿no? La sensación de calidez que embarga el cuerpo cuando te abraza un niño como si fuera un pequeño koala. Y he ido buscando esa sensación, pensando qué es lo más parecido al amor que he sentido, para saber reconocerlo si algún día me enamoro, y no os riáis, pero ¿sabéis dónde he encontrado esa sensación? Pues en escribir. Es lo que siento cuando escribo, cuando pienso una historia y tengo una tormenta de ideas, cuando creo un nuevo personaje y puedo pasarme horas soñando despierta simplemente creando cada uno de sus detalles. Estoy enamorada de la escritura. 

No me entendáis mal, quiero a mucha gente más, a mi familia, a mis amigas, a vosotros, a mis animales... Pero sé que, en mis peores momentos, cuando discuto con mis padres, cuando me vencen los pensamientos negativos, cuando el mundo se tambalea y no sé dónde esconderme, me queda esto. Siempre me queda esto. Un teclado, un lápiz, un boli, crear las historias en mi cabeza... y es como mi tabla de supervivencia, algo a lo que aferrarme y saber que no me pueden quitar, que es mío y solo mío. Y nunca podré demostrar suficiente gratitud por ello. Es lo que me ha salvado. Me quita tiempo de estudiar, pero me ha salvado del mundo, a veces, o incluso de mí misma. 

Bien, id pensando en lo que es el amor, estoy abierta a ideas y sugerencias, y lo intentaré trabajar en la próxima entrada porque he estado perfeccionando la teoría de los patrones mentales junto con Ada. Ah, y también intentaré poner una historia clínica redactada, cuando la encuentre ;)

Y, recordad, nada de ir por ahí juzgando libremente o me enfadaré. (Ya os hablo como a mi hermano pequeño)

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