No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

La Flor y la Ladrona

Queridos lectores

Ya sé que os tengo algo abandonados. Estoy escribiendo mucho y tampoco sé qué deciros. Dentro de poco empieza el curso así que ya os hablaré largo y tendido.

Pero hoy he tenido la matrícula y me he desestresado con esta historia. Espero que os guste :)

La Flor y la Ladrona

Pasó hace mucho, mucho tiempo. Cuando eran otras las reglas que regían al mundo y el tiempo se movía de manera diferente. Cuando las leyendas se fundían con la realidad y los cuentos eran parte de las vidas de las gentes.

Se contaba, entonces, que años atrás, durante una fuerte tormenta, una estrella del firmamento perdió su equilibrio y, sin rumbo, lanzada por los fuertes vientos de la tempestad lejos de su hogar entre los cielos para caer sobre una naciente flor.

El impacto podría haber terminado con las dos, la flor y la estrella, pero ocurrió algo muy extraño y es que aquellas dos criaturas, hasta entonces desconocidas entre sí, se fundieron en un solo ser.

Y así nació la leyenda de la Flor Plateada. Mas, no era una flor común, sino que la conjunción de sus creadores la había dotado de una conciencia especial que la hacía comprender cuanto sucedía a su alrededor y se dice que aquella era la razón por la que la flor permanecía cerrada, perenne capullo que no florecía jamás.

Y contaban que aquel que lograse convencer a la flor de que el mundo era un bello lugar al que abrirse, sin temer que sus pétalos se perdiesen con la furia de los vientos ni la atacasen, sería bendecido con la felicidad eterna.

Aunque nadie sabía exactamente qué sería lo que escondía aquella flor, algunos hablaban de riquezas. Piedras preciosas, oro y perlas que conformasen su interior. Otros creían que se trataba de algún tipo de magia que desprendería la flor al abrirse. Nadie lo podía decir con certeza, solo sabían una cosa, que la flor solo se abriría para alguien que lo mereciese.

Y, así, reyes, príncipes y caballeros de todo el mundo peregrinaron hasta el apartado bosque, buscando la oculta flor para rendirle pleitesía e intentar ganarse sus favores.

    Mi querida flor, —decían algunos. —si para mí tus pétalos abrieses podría ir por el mundo contando tu enorme belleza y hacer que por aquí pasaran cientos de personas solo para contemplarte.

Pero aquellas palabras solo asustaban más a la flor ante el miedo de rodearse de extraños que pudieran herir su amado bosque y se encerraba más entre sus hojas.

    Mi querida flor, —decían otros. —si para mí tus pétalos abrieses, te llevaría conmigo. Irías donde yo fuese y verías cuanto yo viese.

Mas a pesar de su deseo de aventura, aquellas palabras no convencían a la flor que tan solo sentía que, de aceptar, abandonaría su prisión en la tierra para ser la esclava de aquellos hombres y hacer cuanto dijese.

    Mi querida flor. —dijeron también. —si para mí tus pétalos abrieses te mostraría un mundo lleno de belleza y bondad que te asombraría.

Pero sus palabras sonaban hipócritas cuando la flor sabía todo el hambre y la maldad que asolaban aquellas tierras.

Muchos otros pasaron, más palabras, ideas, discursos con falsas promesas que no ocultaban la intención de aquellos hombres, nobles o caballeros, de utilizar la belleza y la magia de la flor en su propio beneficio.

Así, la flor permaneció cerrada y las gentes la fueron olvidando, convirtiendo su historia en una vieja leyenda que contar a los niños, sin más propósito que acunarlos en su sueño.

Incluso la flor perdió toda esperanza y se convenció de que todo el mundo sería como el bosque que la rodeaba, oscuro y frío.

Hasta que un día, tantos años después que cualquier ser mortal perdió la cuenta, una joven muchacha se perdió en los bosques. Huía sin rumbo de los hombres de la ciudad que la perseguían, pues, acuciando el hambre se había atrevido a robar a los hombres del rey.

Corrió y corrió entre las siniestras ramas, cayendo a causa de las prominentes raíces y rasgando su piel al chocar contra las rugosas cortezas de los árboles. Hasta que llegó a un luminoso claro. El aire era distinto allí, todo parecía más tranquilo, como si una mano invisible pudiera envolverla a medida que se acercaba al centro del claro, atraída misteriosamente por una desconocida fuerza.

En el centro, al final de sus pasos, se encontró con una flor solitaria, sin más vegetación alrededor que la hierba sobre la que se sostenía, encerrada sobre sí formando un capullo de pétalos plateados.

    Qué extraños pétalos. —Comentó la ladrona. —Pero bonitos.

Sin tener otra cosa que hacer o lugar al que ir, necesitando mantenerse escondida de los guardias, la joven comenzó a hablarle a la flor, impulsada por algún deseo sin nombre que no comprendía. No solía hablar de su vida, pero aquella flor casi parecía escucharla, y ella necesitaba una confesora.

Las horas dejaron de existir en aquel lugar, arropada por la fragancia de la flor, mientras le contaba todos los devenires de su vida, sus momentos más oscuros, los más alegres, los que desearía borrar, los que querría olvidar y los que jamás la abandonaban.

Le habló a la flor, que la escuchaba sin que la ladrona pudiera ni siquiera sospecharlo, de la maldad que escondía el mundo, de los monstruos que acechaban desde las sombras, del hambre que atenazaba estómagos, de la pobreza, del odio, de la violencia, de toda la oscuridad que había conocido y vivido.

Una solitaria lágrima abandonó los ojos de la muchacha, resbalando por su rostro hasta caer al suelo que sostenía a la flor. De aquella gota se nutrió la flor antes de desplegar sus pétalos para que la muchacha pudiera contemplarla.

La joven se quedó impresionada al verla, nunca había vislumbrado algo similar, como si la flor tuviera vida y brillase con luz propia.

    Vaya, eres preciosa. —Susurró la joven con sincera devoción en su voz.

De los plateados pétalos y los cristalinos estambres surgió una luminosa luz que cegó a la joven y para cuando volvió a mirar ante ella ya no se hallaba una flor, sino una hermosa joven de pelo rubio como los rayos del sol y tez pálida como la luz del alba.

    Hola. —Le dijo.
    Ho…hola… ¿Qué ha pasado, quién eres?

La nueva joven sonrió.

    Supongo que puedes llamarme Flor.
    ¿Cómo…?—Antiguas leyendas que le contaron de niña resonaron en la mente de la muchacha. —¿Yo he logrado que te abrieras? ¿Pero por qué? No soy nadie especial ni merecedora. Solo soy una niña huérfana, una ladrona, ya lo has oído. Aquí han venido príncipes, reyes, caballeros…¿por qué yo?
    Oh, esos hombres solo querían mi magia para su propio beneficio, querían mi belleza para añadirla a la suya y mostrarme como un trofeo más. Tú eres diferente.
    No lo comprendo. Ya has oído mi historia, no soy una persona que merezca la luz, he vivido demasiado. Estoy rota. —Susurró.
    No. —Le dijo la antigua flor. —Precisamente porque has vivido en la oscuridad, eres la única que sabe valorar la luz.

Unas manos cristalinas se posaron en las sucias mejillas de la joven ladrona para posar un suave beso en sus labios que fue recompensado con la más radiante de las sonrisas.

Y así, la flor y la ladrona salieron del oscuro bosque dejando de ser una flor y una ladrona, convirtiéndose en las personas que siempre habían querido ser.

Y vivieron felices.


No hay comentarios:

Publicar un comentario