No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Vino de Honor

Queridos lectores, 

No sé por qué me entran ganas hoy de empezar la entrada con "Querido no tan secreto Diario", porque es verdad que desde que puse lo del libro y tuve que poner mi nombre, mucha gente que conozco ha encontrado el blog, también yo lo he dado. Y ya no es igual que cuando le escribía a un rinconcito oscuro de internet donde casi nadie me leía y quiénes lo hacían estaban en partes dispersas del mundo. 

Pero sí, hemos cambiado mucho, no solo el blog, desde que empecé a escribiros. Andaba yo por tercero de carrera entonces y siempre había querido tener un blog en el que quejarme de la vida. Ahora estoy ya en sexto y dentro de apenas dos meses tendré que (si quiero ser del todo correcta) cambiar el título del blog por "Diario de una Estudiante del MIR" y después, pues no lo sé. Este año me gradúo y a la gente estas cosas les alegran, pero yo nunca he entendido por qué. Supongo que porque no se me dan demasiado bien los cambios ni las despedidas. Me dio mucha pena dejar el colegio, recuerdo que hice mi propio "anuario" como en las películas e hice que compañeros y profesores me firmara (aún lo tendré por ahí, espero). Dios, me dio hasta pena dejar el instituto y me habían hecho la vida imposible por empollona. Sí, claro, quería salir de ahí y conocer gente nueva, tener la posibilidad de tener amigas, siempre he tenido muchas ganas de tener amigas, pero aún así me entristecía marcharme. Y, ahora, después de otros seis terribles y, a ratos, maravillosos, seis años me toca marcharme de aquí también. 

Hoy ha sido el Vino de Honor, que es una tradición de la Facultad de Medicina en la que los estudiantes que se gradúan eligen a dos padrinos (de entre los profesores), la gente se arregla, se reúne, dan muchos discursos y, al final, hay comida gratis. Se suponía que había un brindis, pero la gente se ha lanzado a por la comida y no se ha hecho. 

Supongo que esto ha despertado mi aire nostálgico. He sido probablemente la que más se ha quejado de estar encerrada aquí, he maldecido la medicina más veces de las que podría contar, la he odiado, a ratos, me ha gustado, no sé si he llegado a amarla, tal vez es mucho decir de la Medicina en sí, pero quizás sí a la idea de ayudar a la gente y a la sensación que se queda después de haber hecho algo increíble o, al menos, ya que soy estudiante y hago pocas cosas, haberlo presenciado. He visto salvarle la vida a personas, literalmente, in extremis, en quirófanos de urgencia, en lugares más o menos improvisados porque al buen paciente le dio por hacer una parada cardio-respiratoria en el lugar menos provisto de todo el hospital; he visto operaciones que no han salvado una vida, necesariamente, pero la han arreglado o mejorado, al menos. He visto muchas cosas, he ayudado en otras. Y, aunque he tenido ganas de tirar la toalla y meterme a Historia innumerables veces, aquí estoy, al final de la carrera, no queriendo del todo irme y con la sensación de que ha pasado demasiado rápido. 

No tan rápido como habrán pasado estas semanas para vosotros, no por nada, sino porque en realidad el Vino de Honor fue hace al menos una semana, sí, una semana casi. Pero no pude terminar la entrada en su momento y estas semanas han sido un poco locura. 

Veamos, para que os pongáis en situación, mi convivencia con el Golliath asiático, AKA las chinas de mi piso, se mantiene sobre hilos tan finos que la tensión se palpa en el ambiente. En estas dos semanas ya hemos tenido dos discusiones que, aunque no han llegado a las manos no a tirarnos de los pelos ni ha habido heridos, ya son más de lo que suelo tener porque soy una persona que, como norma general, trata de evitar las confrontaciones. El primer desencuentro lo tuvimos cuando salí de mi cuarto a recoger el vaso que había estado calentando en el microondas (con mi infusión para dormir) y justo en ese momento estaban entrando mi compañera de piso y otras dos chicas gritando a la cocina y les dije si podían no gritar y, al parecer, eso indignó muchísimo a la susodicha compañera que empezó a hablar con otra de las chicas (en chino) pero no necesito saber chino para saber que estaban hablando de mí, hasta me estaban haciendo burla y, luego, me echaron de la cocina. Y, no os mentiré, durante un momento se me pasó por la mente la idea de tirarle a la cara el vaso de agua hirviendo que tenía en la mano, pero mira, me contuve, porque eran tres contra uno y pienso que para los dos meses que nos quedan de convivencia es mejor si no nos intentamos matar. Desde entonces no nos dirigimos la palabra. Pero ni hola. 

El segundo desencuentro de nuestras Catastróficas aventuras asiáticas fue ayer, me parece (mis días son demasiado parecidos como para recordar bien). El caso es que el viernes pasado ellas invitaron a mucha gente a comer, como me habían avisado y fue justo el día después de la discusión arriba mencionada, decidí huir con mi deseo de paz y tranquilidad a otra parte y comí en la universidad donde estuve hasta que fue hora de ir a la Cacademia. Así, no sé ni cuántos fueron ni lo quiero saber, pero mi otro compañero de piso me dijo que eran un montón. En fin, yo solo sé que el sábado por la mañana me di cuenta (antes de volver a la cacademia) que la cisterna de uno de los baños estaba roto dejándolo afuncional. No quise saber nada porque había madrugado y me esperaban unas 12 horas de academia, así que me olvidé de eso hasta que volví el lunes y la realidad me recordó que somos cuatro en un piso pequeño, pero cuatro que en la actualidad son cinco porque una de las chicas tiene a otra amiga china viviendo en el piso, más todos los invitados de las chicas hacen un total de demasiadas personas para un solo baño. Así que le escribía la casera para comunicarle la buena nueva de que íbamos a necesitar un fontanero, tal vez dejándole caer lo de que probablemente se rompería el viernes en la invasión asiática número... (he perdido la cuenta). ¿El problema? Que ella se lo tomó como muy a pecho (en serio) y le escribió a una de las chicas chinas (tristemente, la que me cae mejor y no con la que discutí) culpándola a ella. Por lo que ella me escribió a mí muy enfadada pensando que yo la había culpado ante la casera. Que, sinceramente, de haber culpado a alguien directamente, habría culpado a la otra con la que discutí, pero lo único que dije fue dar mi opinión de en qué momento podría haberse roto (a saber: en la invasión asiática de número indeterminado). En fin, a eso siguió una charla acalorada y larga en la que yo le demostraba, vía mi conversación de Whatsapp con la casera, que no había dicho en ningún momento que fuera culpa suya, solo que teníamos que arreglar el baño. 

Y ahora estamos más o menos bien. Bien en el sentido de que no nos estamos intentando matar (al menos que yo sepa), aunque seguimos con un baño roto, yo no me hablo con un tercio de la población asiática de mi piso (porque recordad que ahora hay tres en vez de dos) y casi podría decirse que vivo en la universidad, porque me levanto pronto para venir a usar los baños aquí, me paso la mañana y la tarde o en el hospital o estudiando en biblioteca. Ahora mismo solo como, ceno y duermo en el piso. Y, si supiera que los de seguridad no me iban a pillar, hasta me quedaría aquí a dormir. Pero bueno, mirándolo por el lado positivo, en estos tres días de biblioteca he avanzado un montón, he tachado como dos cosas de la lista de tareas pendientes y habría llegado a tres de no haber sido porque he recordado que llevaba mucho sin escribir y quería contaros mi vida. 

Por lo demás, ahora estoy en Traumatología en las prácticas y, a excepción de algunos días, me está gustando. Me gusta que me dejen lavarme y participar en las operaciones, aunque sea para aspirar y sujetar cosas. Pero por lo menos haces algo útil y ves bien, y te van explicando cosas lo que hace que te sientas, no sé, visible, real, ¿sabéis? como si no fueras un cactus, sino una persona real con la que puedes hablar. Ya, es triste las cosas por las que nos alegramos a veces los estudiantes de medicina. El primer día que me dejaron lavarme para quirófano (para profanos: significa frotarse con un jabón especial hasta que te has despellejado los brazos y las manos y luego te pones guantes y bata estériles y se supone que así estás limpito y preparado para tocar al paciente minimizando el riesgo de infección) pues iba por ahí gritando que me habían dejado lavarme como si no me hubiera lavado las manos en mi vida, pero mira, es lo que hay. 

Podría acabar la entrada ya e irme a casa, pero volvemos a la historia de siempre: no quiero volver a territorio hostil. Pero bueno, muchos días a estas horas no están, así que supongo que iré a cenar.

Ay *suspira resignada* necesito un abrazo, lo noto en mis células xD. En fin chicos, mucha suerte en las torturas de la vida diaria, aquí desde la biblioteca se despide vuestra corresponsal porque ya ha entrado la de la limpieza con el carrito como signo inequívoco de que se quiere ir a su casa y para eso tenemos que irnos nosotros para que pueda limpiar. Deseadme suerte a mí. 

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