No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

viernes, 5 de mayo de 2017

Recién (simbólicamente) graduada

Queridos lectores, 

Bueno, pues ya está, estoy oficialmente graduada de manera simbólica en medicina (simbólica porque aún me quedan los ECOES y cosas) pero bueno, ¿y ahora qué? ¿Es ya el momento de cambiar el título de mi blog? No, todavía no, aún me queda quejarme de los ECOES y del papeleo para que me den los títulos. Pero sí, ayer fue el acto de graduación, ese en el que, como en las películas, todos nos ponemos monísimos de la muerte y nos ponen una beca (para profanos: una especie de banda que te colocan sobre los hombros), y fue un momento lleno de discursos tan inspiradores como largos y, de vez en cuando, un tanto...demasiado no breves. 

Mas, hagámoslo bien, mis queridos lectores. Permitidme que proceda al intrépido relato de tan solemne momento de mi vida. 

Todo comenzó una tarde de enero de 1993...Ah, no, no es necesario remontarse tanto. En realidad esta aventura comenzó en 2011, año en el que hice el selectivo. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer, era junio y hacía un calor asfixiante en la ciudad donde me tocó hacer el examen, sudaba como no había sudado en mi vida y temía deshidratarme en cualquier momento. El Destino puso todos los obstáculos que se le ocurrieron en mi camino: me vino la regla, dolores de cabeza, mareos con el autobús que nos llevaba a hacer el examen desde el pueblo como cerdos que van al matadero, el examen de historia en el que por primera vez en la, valga la redundancia, historia hicieron dos modelos de exámenes del mismo siglo fastidiando a los que como yo solo nos habíamos preparado uno (y no era ese)... Pero aún y con todo, saqué buena nota, muy buena nota de hecho, la suficiente como para elegir medicina, que es por aquí la carrera más solicitada y con la nota de corte más alta. Entré, de hecho, la número 47, todavía me acuerdo de eso, pequeños detalles, pero que me gusta recordar. 

Recuerdo como conocí a la mayoría de mis amigas. Quizás el encuentro más memorable fuera el que tuve con Sadee. Sadee y yo nos conocimos en los baños de la facultad, una gran historia que podría haber contado en su boda si no me diera tanta vergüenza hablar en público. La había visto en clase hablando inglés como una auténtica nativa. Recuerdo haber escuchado susurros a mi alrededor en ese momento sobre que había estudiado en Inglaterra, y yo, viniendo de mi pueblo sin haber estado en Inglaterra más que una vez que fui una semana de vacaciones, pero siendo mi inglés simplemente el que yo había aprendido en el instituto y por mi cuenta, no os mentiré, me sentí impresionada y algo fuera de lugar. Ese fue quizás el sentimiento predominante esos primeros días, esas primeras semanas, que me había metido en la boca del lobo, que todo el mundo estaba mejor preparado que yo (sobre todo al haber elegido el grupo que hacía medicina en inglés) había gente que había estado en Inglaterra o en EE.UU y yo si había salido de mi pueblo en alguna ocasión había sido bajo extrema vigilancia de mi madre. Aún así conocí a Sadee en el baño, a ella y a Mérida que venían juntas por ser del mismo pueblo, no sé si fue un flechazo instantáneo, sé que de lo primero que hice fue enseñarle las marcas de arañazos en mis brazos que me había hecho vendimiando, porque yo siempre he estado muy orgullosa de mis raíces de pueblo. 

A Ada y a Kim las conocí a la vez, alguien que no recuerdo nos presentó en las escaleras del Hall de la universidad. A Adele me la presentaron Sadee y Mérida porque también era de su mismo pueblo. A Liv la conocí un dia en el que se sentó a mi lado, llevaba un boli de kukuxumuxu y un vestido largo de flores y pensé que era de estas chicas que van siempre monísimas de la muerte. La única que no recuerdo es a Eire, me la presentarían Kim y Ada porque se sentaba delante de mí con ellas. Siempre pensé que fue Mérida un poco la que hizo que me integrara en el grupo, porque al principio había estado con una chica que luego se cambió de grupo y al cambiarse me quedé algo más sola, venía de un instituto en el que las demás compañeras siempre me habían dado de lado y tratado mal, no tenía las capacidades y herramientas para establecer muchas conexiones. Pero ella me dijo que me sentara a su lado cuando me estaba sentando sola y tal vez fue lo que me salvara. 

Hice otras amistades, algunas que se cambiaron de grupo para dejar el inglés, otras que se cambiaron directamente de carrera, como Mérida. Pero aquí estamos ahora, nosotras, yo, vosotros conmigo desde que creé este blog en tercero de carrera. 

No os mentiré, ayer en muchos discursos hablaron de la vocación médica dando por hecho que todos o muchos habían tenido desde temprana edad. Yo desde luego no quería ser médica de pequeña, ni siquiera estaba segura de que quisiera serlo cuando entré en la carrera. Leches, ni siquiera he estado segura durante estos seis años. Ha habido momentos en los que he tenido la certeza de que estaba donde debía estar, y me he sentido realizada, casi como debe sentirse un súper héroe o algo así. Otros momentos en los que he llorado de frustración y amargura y he deseado poder dedicarme a leer libros y no artículos científicos. Pero, de nuevo, aquí estamos. 

Os empezaré a contar el día de ayer antes de perderme en el mundo de los recuerdos. Como todos los días, madrugué y fui a prácticas, aunque apenas fue para hacer acto de presencia porque después salí y fui a la peluquería y a maquillarme donde me pasé casi toda la mañana. Sí, me dejaron monísima, pero después me he dado cuenta de lo absurdo de gastarse dinero en algo tan efímero. Pero bueno, un día es un día. Llegué a casa y comí corriendo para ponerme el vestido y que mi compañero de piso lo abrochara antes de irse. Después me puse unas zapatillas, sí habéis leído bien, porque me negaba a ir en tacones hasta el lugar, tomé el autobús y anduve hasta llegar al lugar de los hechos, que es muy bonito, claro. Y, una vez allí, ya sí, me puse los tacones. Toda mona yo, vi cómo iba llegando todo el mundo admirando los vestidos y los intrincados peinados, los tacones de riesgo y demás complementos de todo tipo y colores. Fue el momento de las fotos, obviamente, y de hablar y estar nerviosos y esperar a que nos dejaran entrar para sentarnos. Una vez estuve sentada empecé a preocuparme por la entrada de mis padres, si encontrarían aparcamiento, si se les haría tarde, si encontrarían sitio. Pero sí, tenían muy buen sitio porque los podía ver y ellos a mí. Así vi a mi padre levantándose cada poco rato porque es, como yo, un culo inquieto y no sabe estar sentado si se aburre, así que se levantaba al baño, volvía, caminaba por ahí. 

Pero dejemos a mis padres y centrémonos en el escenario. Os lo describiré: en el centro una mesa con siete asientos, para personas importantes, obviamente, ¿cómo de importantes? lo suficiente para tener su propia placa con su título. Delante de ellos y a los lados, adornando, adornos florales que le daban color al escenario de madera, un púlpito para los presentadores y, al fondo, el espacio de la banda, todos de negro y con sus instrumentos. Hubieron muchos discursos, en uno de los primeros la Madrina de la promoción se puso a llorar y hubieron algunas perlas en cada uno que me gustaron. También hubieron muchas bromas, sobre todo de los presentadores, haciendo muchas referencias a eventos memorables de este año, como esa vez en el que los estudiantes de medicina salimos en un periódico local por estar haciendo botellón (es decir, bebiendo alcohol) en las puertas de la universidad el día de una fiesta. Yo no estaba porque no suelo ir a esas fiestas, pero fue todo un hito. También hubieron muchas críticas al grado porque somos la segunda promoción que sale de esta universidad con la titulación de grado, que es el nuevo plan, el famoso Plan Bolonia. La verdad es que me reí mucho. 

Y también hubieron cosas que me emocionaron y todo. Me gustó la frase de pase lo que pase mañana, siempre habremos tenido hoy. Y es verdad que yo no he tenido siempre la vocación de la ciencia y la medicina, en concreto, pero sí la de ayudar a la gente, y esos eran los mensajes que más me gustaban. Yo sí me acuerdo de mi primera paciente en mis primeras prácticas en hospital. Estaba en cardiología y le di la mano mientras le clavaban una aguja. Hasta pasé a verla al día siguiente del procedimiento que le realizaron para ver cómo estaban. Tengo buena memoria para las caras, pero he de reconocer que después de cuatro años viendo a bastantes pacientes casi cada día, mi mente se ha saturado de recordar caras, aún así me acuerdo de muchos y, si los veo por la calle, sé decir que han sido pacientes míos aunque ya no me dé para recordar el nombre o exactamente dónde los vi. 

El caso es que ya sabéis como soy o quizás, si habéis leído un poco de por aquí, os podéis imaginar que tengo una incapacidad casi patológica para dejarme disfrutar de las cosas, siempre pongo excusas o disminuyo mi mérito o lo que sea. Así que, tras muchos días, diciendo que no me preocupaba demasiado lo de la Graduación porque, al fin y al cabo, es un paripé ya que no estamos oficialmente graduados porque queda algo de curso; me propuse firmemente dejar mi actitud cínica en casa y disfrutarlo todo lo posible. Dejar de centrarme en las 3 semanas de prácticas que me quedan para haber acabado y centrarme en los seis años (menos tres semanas) que ya he hecho y eso sí que no me lo puedo discutir a mí misma porque lo he vivido en primerísima persona. Puede que no tuviera una clara vocación médica desde niña, o que haya dudado como la que más en esta carrera, pero me he pasado días y días y más días, y cuando pensaba que no podía más, todavía más días estudiando, noches sin dormir, llantos los días previos a los exámenes consumida por los nervios. No importa lo que queda por delante o los malos momentos que hayamos podido vivir en estos seis años, todo ese esfuerzo merece reconocimiento y, al menos, una tarde de celebración. Así que escuché los discursos con mente abierta, aplaudiendo mucho, sintiéndome contenta por haber llegado ahí y graduarme en algo con una ceremonia tan emotiva. 

Me gustaron mucho las palabras del decano, algo así como que teníamos la vida y la muerte de las personas en las manos, y no, no somos dioses ni súper héroes, somos médicos. Somos personas aparentemente sanas que trabajan para cuidar de personas aparentemente enfermas y nuestra labor no se acaba nunca. Hemos adquirido un compromiso de por vida con la Humanidad. Hasta leímos un juramento, la Declaración de Ginebra, que es la versión adaptada del Juramento hipocrático. Nos pusimos en pie y los fuimos recitando. Fue la parte más emocionante de la velada. Dice así: 
PROMETO SOLEMNEMENTE consagrar mi vida al servicio de la humanidad;
OTORGAR a mis maestros el respeto y la gratitud que merecen;
EJERCER mi profesión a conciencia y dignamente;
VELAR ante todo por la salud de mi paciente;
GUARDAR Y RESPETAR los secretos confiados a mí, incluso después del fallecimiento del paciente;
MANTENER, por todos los medios a mi alcance, el honor y las nobles tradiciones de la profesión médica;
CONSIDERAR como hermanos y hermanas a mis colegas;
NO PERMITIRÉ que consideraciones de edad, enfermedad o incapacidad, credo, origen étnico, sexo, nacionalidad, afiliación política, raza, orientación sexual, clase social o cualquier otro factor se interpongan entre mis deberes y mi paciente;
VELAR con el máximo respeto por la vida humana;
NO EMPLEAR mis conocimientos médicos para violar los derechos humanos y las libertades ciudadanas, incluso bajo amenaza;
HAGO ESTAS PROMESAS solemne y libremente, bajo mi palabra de honor.

Qué bonito todo. Hubo hasta gente que lloró, yo no, pero algunas partes sí me emocionaron. 

Somos médicos y decirlo solo ya me da vértigo, espero que a nadie le dé por perder el conocimiento cerca de mí en un futuro cercano.  

En fin, que me gustó la ceremonia. Aunque luego fui a cenar con mis padres y mi hermano y mi hermano, como digno hijo de mi madre, empezó a decirme que lo habría tenido que estar pasando fatal con todos esos discursos alabando a la medicina, porque le gusta meter el dedo en la herida, como a mi madre. 

Casi que la cena con mis padres me dejó de peor humor, porque en la ceremonia me lo pasé chachi. Me gustó. La sorpresa de la noche, pero agradable, me la dio una de las chicas chinas, con la que no discutí y tengo una relación mejor, que se tomó como empresa el desmaquillarme y empezó a ponerme potingues en la cara incluyendo una mascarilla con la que me sentí como el hombre de la máscara de hierro, pero con una máscara de papel mojado xD pero me reí con ella, hasta estuvimos bailando un rato. Ahora, como os podréis imaginar, me acosté bastante tarde, sobre todo teniendo en cuenta que me tenía que levantar a las 7 am, pero al menos me fui a dormir entretenida otra vez. Y ahora tengo que ir acabando la entrada porque tengo que estar en la academia en menos de una hora y aún tengo que prepararme todo. Así que si me falta algo sobre la graduación que contar tendrá que esperar a mañana :)

¡Que ya somos (simbólicamente) médicos! Omaigad, y yo con estas pintas xD Ánimo chicos! 

2 comentarios:

  1. Muy inspirador, espero llegar a vivir un día lo que acabas de relatar.
    Si todo sigue bien, en Septiembre entraré en la Complutense por el Acceso a mayores de 25.
    ¡Gracias por tus relatos!

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  2. Gracias!

    Mucha suerte, pues, futuro compañero :) espero que sí, que vaya todo bien y mucho ánimo!

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